Japón 2010: día 5

Nuevo día de palizón recorriendo un templo tras otro (y es que en Kyoto puedes hartarte de ver templos y, aún así, si estornudas, aparecen media docena más), y hora de cumplir con una deuda pendiente desde mi primer viaje, ver el Palacio Dorado (Kinkakuji). Si, ya se que es imperdonable no haberlo visitado hasta el cuarto viaje, pero la verdad es que siempre me he concentrado en la zona central y oriental de la ciudad, y nunca me había acercado a la parte occidental. Afortunadamente, el día ha sido muy soleado y, pese a las hordas de gente, el día ha estado genial.

El recorrido de hoy sin embargo no será a pie como el segundo día, pues los templos están más separados entre ellos y a pie no podría verlos todos por mucho que me lo propusiera. Por tanto, armado con un pase de un día para los autobuses, he ido a Daitokuji, dónde me he encontrado la gente más amable de todo el día, además de encontrar mucho menos gente visitándolo por no estar dentro de la “ruta oficiosa”. Daitokuji es un complejo muy grande en el que tan solo pueden visitarse cuatro templos, que me han dejado una sensación extraña que espero poder analizar mejor cuando os hable de ellos en profundidad. Entre los templos hay de todo, desde los muy interesantes hasta aquellos en los que piensas que has tirado el dinero de la entrada (demasiado a menudo en los que la entrada es más cara). En uno de ellos me he encontrado con un monje muy enrollado, que ha resultado ser coautor de un libro que he comprado con imágenes del templo (en el que no dejaban hacer fotos, aunque no entiendo el motivo, como no fuera para vender más libros). El monje, que tenía ciertos conocimientos de castellano (y diría que de muchos otros idiomas) me ha dedicado el libro y no paraba de hablar para cualquiera que quisieras escucharlo. De hecho, en este mismo templo, una de las empleadas me habría ofrecido un trabajo de profesor particular de castellano si hubiera sido un residente en Japón, espero que la influencia del amuleto que compré el otro día se extienda fuera de Japón y tenga la misma suerte cuando regrese a casa.

Mas tarde, en otro de los templos, me he encontrado un arquitecto de Hokkaido (que por su aspecto tendría sangre esquimal o ainu –esta última suposición se basa solo en su lugar de origen, ya que no se que aspecto tienen realmente- con ganas de hablar (y supongo que practicar inglés). La verdad es que debíamos mostrar una estampa curiosa, un japonés hablando inglés a un occidental que le hablaba en japonés (vale, bastante mezclado con inglés).

Segunda parada, Kinkakuji, asignatura pendiente aprobada, y entrada breve porque me revientan las multitudes aborregadas, que es lo único que te encuentras allí. Visita relámpago y hacia el siguiente templo, Ryoanji y sus diversos jardines, de piedra y naturales. La verdad es que, en número inferior, se podía sentir el flujo de turistas, subiendo en masa al autobús que, al mismo tiempo, vomitaba una masa similar para el siguiente “turno”. De hecho, hay un tipo que me he fijado lo he encontrado en todos y cada uno de los templos que he visitado desde Kinkakuji hasta Ninnanji (el último de la serie de templos del Oeste de Kyoto). Afortunadamente, siempre en número inferior a Kinkakuji, dónde los autocares no paraban de aportar más gente.

Acabada la ruta, como “bonus” y porque me convenía por la combinación de autobuses, he pasado a ver Kitano Tenmangu, que casi parecía un templo monotemático de unos bueyes que se supone alivian los dolores si los tocas con la mano derecha o las dos manos en la zona equivalente a la que te duele (en ningún lugar he visto que dijera que te curan, tan solo que deja de dolerte). Y ya puestos, el templo sintoísta de Hirano, dónde ha sido una lástima que los cerezos no estuvieran totalmente en flor, ya que el espectáculo habría sido espectacular.

Pese a las aglomeraciones de tránsito, he regresado pronto al ryokan, cosa que me ha permitido disfrutar finalmente de un baño japonés en condiciones (o sea, que he podido estar no solo hasta quedar como un pasa arrugada, sino hasta quedar como una gamba), sin prisas.

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